Horacio Quiroga
(1879-1937)
Las medias de los flamencos
(Cuentos de la selva, 1918)
Cierta vez las víboras dieron un
gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los
yacarés y a los peces. Los peces, como no caminan, no pudieron bailar; pero
siendo el baile a la orilla del río, los peces estaban asomados a la arena, y
aplaudían con la cola.
Los yacarés, para adornarse bien, se
habían puesto en el pescuezo un collar de plátanos, y fumaban cigarros
paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de peces en todo el cuerpo, y
caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por
la orilla del río, los peces les gritaban haciéndoles burla.
Las ranas se habían perfumado todo
el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada, como un
farolito, una luciérnaga que se balanceaba.
Pero las que estaban hermosísimas
eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de
bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una
pollerita de tul colorado; las verdes, una de tul verde; las amarillas, otra
de tul amarillo; y las yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas
de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.
Y las más espléndidas de todas eran
las víboras de que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, y negras, y
bailaban como serpentinas Cuando las víboras danzaban y daban vueltas
apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.
Sólo los flamencos, que entonces
tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y
torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca
inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos,
y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante
de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los
flamencos se morían de envidia.
Un flamenco dijo entonces:
—Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a
ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a
enamorar de nosotros.
Y levantando todos juntos el vuelo,
cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.
—¡Tan-tan! —pegaron con las patas.
—¿Quién es? —respondió el
almacenero.
—Somos los flamencos. ¿Tiene medias
coloradas, blancas y negras?
—No, no hay —contestó el
almacenero—. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así. Los
flamencos fueron entonces a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tienes medias coloradas,
blancas y negras?
El almacenero contestó:
—¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y
negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿quiénes
son?
—Somos los flamencos— respondieron
ellos .
Y el hombre dijo:
—Entonces son con seguridad
flamencos locos.
Fueron a otro almacén.
—¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas,
blancas y negras?
El almacenero gritó :
—¿De qué color? ¿Coloradas, blancas
y negras ? Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir
medias así. ¡Váyanse en seguida!
Y el hombre los echó con la escoba.
Los flamencos recorrieron así todos
los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.
Entonces un tatú, que había ido a tomar
agua al río se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran
saludo:
—¡Buenas noches, señores flamencos!
Yo sé lo que ustedes buscan . No van a encontrar medias así en ningún almacén
. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda
postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. Pídanselas, y ella les va a
dar las medias coloradas, blancas y negras.
Los flamencos le dieron las gracias,
y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron :
—¡Buenas noches, lechuza! Venimos a
pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las
víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar
de nosotros.
—¡Con mucho gusto! —respondió la
lechuza—. Esperen un segundo, y vuelvo en seguida.
Y echando a volar, dejó solos a los
flamencos; y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros
de víboras de coral, lindísimos cueros. recién sacados a las víboras que la
lechuza había cazado.
—Aquí están las medias —les dijo la
lechuza—. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa: bailen toda la
noche, bailen sin parar un momento, bailen de costado, de cabeza, como
ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van
entonces a llorar.
Pero los flamencos, como son tan
tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos
de alegría se pusieron los cueros de las víboras como medias, metiendo las
patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron
volando al baile.
Cuando vieron a tos flamencos con
sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían
bailar con ellos únicamente, y como los flamencos no dejaban un Instante de
mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas
aquellas preciosas medias.
Pero poco a poco, sin embargo, las
víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al
lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.
Las víboras de coral, sobre todo,
estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias, y se agachaban
también tratando de tocar con la lengua las patas de los flamencos, porque la
lengua de la víbora es como la mano de las personas. Pero los flamencos
bailaban y bailaban sin cesar, aunque estaban cansadísimos y ya no podían
más.
Las víboras de coral, que conocieron
esto, pidieron en seguida a las ranas sus farolitos, que eran bichitos de
luz, y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.
Efectivamente, un minuto después, un
flamenco, que ya no podía más, tropezó con un yacaré, se tambaleó y cayó de
costado. En seguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos y
alumbraron bien las patas de! flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y
lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.
—¡No son medias!— gritaron las
víboras—. ¡ Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a
nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡Las medias que
tienen son de víboras de coral
Al oír esto, los flamencos, llenos
de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados
que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se
lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a
mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas y
les mordían también las patas, para que murieran.
Los flamencos, locos de dolor,
saltaban de un lado para otro sin que las víboras de coral se desenroscaran
de sus patas, Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de
medias, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de
sus trajes de baile.
Además, las víboras de coral estaban
seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de
las víboras de coral que los habían mordido eran venenosas.
Pero los flamencos no murieron.
Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor y sus patas, que
eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras.
Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las
tenían siempre de color de sangre, porque estaban envenenadas.
Hace de esto muchísimo tiempo. Y
ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas
metidas en el agua, tratando de calmar el ardor que sienten en ellas.
A veces se apartan de la orilla, y
dan unos pasos por tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del
veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor
que sienten es tan grande, que encogen una pata y quedan así horas enteras,
porque no pueden estirarla.
Esta es la historia de los
flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas.
Todos los peces saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos,
mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a
cuanto pececito se acerca demasiado a burlarse de ellos.
Horacio Quiroga
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